La prisión

La prisión o cárcel es un CENTRO PENITENCIARIO en el que son confinados los detenidos, ya sean como procesados (penados) o como acusados (preventivos). Son instituciones autorizadas por los gobiernos y forman parte del sistema de justicia de los países. El ingreso en prisión, es una de las penas que puede ser aplicada a los individuos que supuestamente no respetan las normas de la sociedad o leyes. El SISTEMA PENITENCIARIO es el conjunto de prisiones y su organización.

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La prisión a lo largo de la historia ha pasado de ser UN MEDIO DE RETENCIÓN para el que se esperaba una condena, a ser UNA CONDENA en sí misma. Según Foucault, la pena sancionadora de la delincuencia, es un fenómeno reciente que fue instituido durante el siglo XIX. Antes la cárcel sólo se utilizaba para retener a los prisioneros que estaban a la espera de ser condenados o no, a castigo, ejecución, escarnio… La aplicación de la justicia en esa época, era de dominio público, mostrándose los suplicios a los que eran condenados los acusados, así como las ejecuciones. Foucault, menciona los grandes recintos o “la nave de los locos”, como ejemplos de privación de libertad anteriores a la época moderna y que servían como medio de exclusión para toda clase de personas marginales (delincuentes, locos, enfermos, huérfanos, vagabundos, prostitutas, etc.), sin otra aspiración que la de hacerlas desaparecer.

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La creación de la prisión nació de la necesidad de mantener secreto el tratamiento de la delincuencia y según advierte Foucault, la prisión fue una elección por defecto, pues la privación de libertad se revelaba como la técnica coercitiva más adecuada y menos atroz que la tortura. Su rápida evolución le llevó a convertirse, sobre todo, en una INSTITUCIÓN DISCIPLINARIA, en la que si bien el castigo corporal “dejaba de existir”, éste era reemplazado por otras formas de castigo menos violentas, aunque más efectiva. El prisionero tenía que reparar el daño que había causado a la sociedad, por lo que el encarcelamiento debía de ser acompañado por el trabajo con el que pagaba su deuda. Posteriormente, se consideró la prisión como reformatorio que garantizase la pedagogía universal del trabajo para aquellos que se mostraban refractarios al mismo, de manera que el estado formaba así una multitud de obreros nuevos. Hoy en día se ofrecen como un lugar de reeducación del delincuente (modificación de conductas y comportamientos), para así readaptarlos, dicen, para una vida “normal” en la sociedad, y pese a que la realidad demuestra lo contrario, las cárceles actuales se imponen y justifican bajo la reivindicación de estos ideales.

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Toda esta transformación se inició en la segunda mitad del siglo XVIII, en la que se lleva a cabo toda una serie de críticas, por parte de los reformadores (juristas, filósofos, magistrados, etc.) a los modos de castigo, con la finalidad de evitar que estos no muestren la tiranía del poder, ni la desesperación y el sufrimiento de las víctimas. Para ello se desarrolla un aparato policíaco que persiga el desarrollo de la “criminalidad organizada” y se cuestiona y debate la organización y mala distribución del poder judicial. En esa época, el sobreponer monárquico identificaba el derecho a castigar con el poder personal del rey, de manera que la acusación siempre gozaba de un exceso de poder y el acusado de una absoluta indefensión (en este sentido, qué poco ha cambiado hoy). Además, el empuje demográfico y el aumento de la riqueza, generó que la antigua apropiación de “derechos” (privilegios), dejase paso a la acumulación de bienes y propiedades y al auge de la burguesía. Era necesario encontrar toda una nueva serie de estrategias y técnicas de castigo que reemplazasen a las antiguas, llevando a cabo una reforma penal que criticase los suplicios y que basara los castigos en la humanidad de las penas, identificando y diferenciando unos de otros, pero que a su vez, utilizase unos medios de coacción mucho más rigurosos. De esta manera, el criminal que antes atentaba contra el poder real y sus privilegios, y que era reconocido entre los sentimientos de cólera contenidos del pueblo, pasaba a ser un enemigo de la sociedad cuyo delito atentaba contra la sociedad entera y era, la misma sociedad la que tenía que hallarse presente en el castigo de su delito. En definitiva, el derecho de castigar había sido trasladado de la venganza del soberano a la defensa de la sociedad, y de ahí la estigmatización popular del delito. El castigo ejemplarizante, era sobre todo para prevenir posibles delitos similares, por lo que la pena no se calculaba en función del crimen, sino de su posible repetición o reincidencia. La prevención justificaba el derecho a castigar y había que castigar lo suficiente como para impedir la reaparición del delito, para ello, el castigo debía ser superior al beneficio que reportaba el crimen, y no debía de aplicarse sobre el cuerpo, sino sobre la representación: el recuerdo de su dolor. Como es el propio pueblo al que se sitúa frente al castigo, este debe ser proporcionado, de manera que en el ánimo del pueblo se tenga la impresión de más eficaz y duradero, así como de menos cruel. En definitiva, se crea toda una serie de reglas para una calculada economía del poder de castigar. Los propios reformadores entienden la prisión como una pena más y no como una forma general de castigo, y además, es criticada porque es incapaz de responder a las particularidades de los diferentes delitos, aparte de ser inútil y costosa para la sociedad. Por ello abogaban por la aplicación de otras penas diferentes, como la de los trabajos forzados. Actualmente, la prisión, junto con la muerte y las multas, ocupan todo el campo posible de castigos, y el teatro primitivo soñado por los reformadores del siglo XVIII, ha sido sustituido por el gran aparato uniforme de las prisiones de toda Europa, en la que una gran arquitectura cerrada, compleja y jerarquizada, priva a la persona de su libertad.

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Foucault reconoce que nuestras prisiones, quizás hoy nos dan vergüenza, pero que el siglo XIX se sentía orgulloso de las fortalezas que construía y de esa nueva benignidad que reemplazaba los patíbulos. Se maravillaba que ya no tenía que castigar los cuerpos y de saber corregir las almas. Aquellas instituciones representaban una verdadera empresa de ortopedia social. La privación de libertad como medida correctiva que llevan los códigos penales de la época moderna es una nueva tecnología que se ha desarrollado entre los siglos XVI al XIX y que consiste en un conjunto de procedimientos para dividir en zonas, controlar, medir, encauzar individuos y hacerlos a la vez dóciles y útiles. Toda una serie de procedimientos para someter los cuerpos, dominar las multiplicidades humanas y manipular sus fuerzas que se ha desarrollado en los hospitales, ejército, escuelas, colegios, talleres, etc: LA DISCIPLINA. El siglo XIX inventó, sin dudas, las libertades, pero las sustentó con una profunda y sólida sociedad disciplinaria de la que seguimos dependiendo.

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Como dice Foucault, la penalidad moderna ya no se atreve a decir que castiga crímenes, sino que readapta delincuentes. Bajo el conocimiento de los hombres y bajo la humanidad de los castigos se encuentra cierto dominio disciplinario de los cuerpos, una forma mixta de sometimiento y de objetivación que pone en evidencia que en las ciencias sociales y en las instituciones punitivas subyace una misma tecnología política.

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La prisión hoy en día, más allá del espacio arquitectónico pensado para gestionar el tiempo y el dolor de lxs presxs y sus allegados, apunta como un floreciente negocio y como la principal amenaza contra lxs inadaptadxs, refractarixs y disidentes sociales y políticos.

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