Pan y Rosas

cuidados

Lejos queda el lema “pan y rosas” que guió a 20.000 mujeres en la ciudad de Nueva York en 1909, lo que se llamó la sublevación de las 20.000. El pan simbolizaba las reivindicaciones por mejoras en el entorno laboral, jornadas más cortas de empleo y equiparación salarial; las rosas, a su vez, venían a representar la conquista de una vida plena. Sin embargo, tras más de un siglo, actualmente nos encontramos con que, aunque se ha mejorado ese pan, vamos dando pasos hacia atrás y que nuestras rosas, no logran florecer.

Si bien, las mujeres hemos ido conquistando el mundo laboral, luchando para conseguir situaciones igualitarias, demostrando continuamente que podemos integrarnos plenamente en los espacios masculinizados, hemos dejado de lado el cómo queríamos conquistar una vida plena; la entrada en el mercado laboral de una gran cantidad de mujeres no ha venido acompañada de una equitativa inclusión de hombres en los espacios de cuidados y de trabajos domésticos. ¿Dónde están los hombres? ¿Cuáles son los obstáculos estructurales y simbólicos que impiden que ellos asuman su responsabilidad en los cuidados?

Aún así, no nos podemos quedar en la mitad del camino. La lucha por la corresponsabilidad real, total y natural de todas las personas que forman las unidades familiares para sobrellevar los trabajos invisibles e infravalorados de los cuidados, es imprescindible pero incompleta.

Es necesario replantearse cómo ese trabajo invisible, que opera en los márgenes de la economía, mantiene este sistema capitalista que destroza gradualmente a la naturaleza y a los seres que habitan el planeta. Cada vez, urge más replantearse cómo queremos organizar la vida, a qué le dedicamos nuestro tiempo, esfuerzo, energía y sentimientos.

Nuestras vidas están únicamente destinadas al mercado laboral. Hoy tenemos la oportunidad de construir un modelo de vida que no se base en la explotación de personas y animales, ni en el expolio de los recursos naturales, sino en generar mecanismos colectivos donde entre todas y todos poner en el centro de nuestra existencia la sostenibilidad de la vida.

Tal vez, los panes que queremos ahora no pasan exclusivamente por la mejora de las condiciones laborales, sino en plantearse cómo contribuimos a que el mundo vaya a la deriva al introducirnos sin cuestionamientos en el sistema capitalista y al seguir asumiendo mayoritariamente el resto de trabajos que se reproducen en las casas.

Las rosas, lejos de florecer, se seguirán marchitando si no somos capaces de imaginar nuevas maneras de convivencia donde el cuidado por la naturaleza y las personas sea el eje que vertebre nuestra vida y no la economía depredadora que nos aísla, individualiza, consumiéndonos mientras consumimos sin límites.

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